22 septiembre 2014

Fragmento de "La vida está en otra parte" (Milan Kundera).



El hombre que ha sido desterrado del refugio seguro de la infancia, quiere entrar en el mundo, pero, al mismo tiempo, le teme, y por eso crea con sus versos uno artificial, supletorio. Deja que sus poemas giren en torno a él, como las plantas lo hacen alrededor del sol; se convierte en el centro de un pequeño universo, en el que nada le es extraño, en el que se siente en su casa, como el niño dentro de la madre, pues todo está hecho de la misma materia que su alma. Allí es donde puede realizar todo eso que afuera es tan dificil; allí puede, como el estudiante Olker, ir con las masas proletarias a la revolución, y como el virginal Rimbaud, azotar a sus pequeñas amantes, pero esas masas y esas amantes no están hechas de la materia hostil de un mundo extraño, sino de la materia de sus propios sueños; son, por lo tanto, lo mismo que él y no interfieren la unidad del universo que ha construido para sí mismo.

10 septiembre 2014

Fragmento de “Invocación al insomnio” (Emil Cioran).



Antes de conocer el insomnio, yo era una persona casi normal. La pérdida del sueño fue una revelación para mí. Porque entonces me percaté de que la vida era soportable tan sólo gracias al sueño. Uno empieza cada mañana ya sea una nueva aventura o ya sea la misma, pero con interrupciones. En cambio, el insomnio suprime la inconsciencia, es decir, que uno se pasa las veinticuatro horas del día lúcido, y el hombre es demasiado débil para soportarlo. El insomnio es una especie de acto heroico. Es una lucha diaria que uno tiene perdida de antemano. Porque la vida solamente es posible gracias al olvido: es menester olvidar cada día para que la ilusión de una nueva vida, cada mañana, sea posible. En cambio, el insomnio nos obliga a vivir la experiencia de la lucidez, de la conciencia sin interrupción. Estamos en conflicto con todo el mundo, con todo ese mundo que duerme.

Fragmento de "Carta sobre el suicidio" (León Tolstoi).


La cuestión si el ser humano tiene -en general- el derecho de suicidarse, está mal planteada. En realidad el problema no se debe plantear respecto al "derecho": en el momento que el ser humano tiene la posibilidad de suicidarse, tiene también el derecho de hacerlo. Yo pienso que tal posibilidad de autodestruirse, que nos ha sido dada, representa una válvula de seguridad. Ya que el ser humano puede suicidarse, no tiene el derecho - y aquí tal término se encuentra en el lugar adecuado- de decir que la vida le es insoportable. Si la vida se nos deviene insoportable, podemos recurrir al suicidio; por lo tanto ninguno de nosotros puede lamentarse de la intolerable dureza de la propia vida. Fue dada al ser humano la capacidad de suicidarse, por lo tanto lo puede hacer, tiene el derecho de hacerlo. Y continuamente él mismo hace uso de este derecho, suicidándose en duelos, en guerras, con los excesos, o con el alcohol, el tabaco, el opio, etc. No se puede sólo preguntar si es razonable y moral -estos dos términos son inseparables- suicidarse. ¡No! Suicidarse es irracional, así como tallar los retoños de una planta que se quiere extirpar. Ésta no morirá, crecerá irregularmente, eso es todo. La vida es indestructible, está más allá del tiempo y del espacio. La muerte no puede más que cambiar la forma, poniendo fin a la manifestación en este mundo. Pero renunciando a la vida en este mundo, yo no sé la forma que ésta tomará de nuevo, si me será más grata y en segundo lugar yo me privo de la posibilidad de aprender y adquirir el provecho de mi yo, todo aquello que hubiese podido aprender en este mundo. Por otra parte y sobre todo, el suicidio es irracional porque, renunciando a causa del disgusto que ella me provoca, yo muestro tener un concepto errado de la finalidad de mi vida, suponiendo que sirve para mi placer, mientras ella tiene por finalidad, de un lado, mi perfeccionamiento personal y por el otro la cooperación a la obra general que se cumple en el mundo. Y es por esto que el suicidio es inmoral. Al hombre que se suicida, la vida le fue dada con la posibilidad de vivir hasta su muerte natural, a condición de ser útil a la obra general de la vida y él, después de haber disfrutado de la vida, hasta que le parezca agradable, ha renunciado a ponerla al servicio de la utilidad general, apenas le sea desagradable; mientras verosímilmente él empezaba a hacerla útil en el preciso instante en el cual su vida se endurecía, porque cada obra comienza con sufrimiento.

02 septiembre 2014

Fragmento de "La fiesta de la insignificancia" (Milan Kundera).



Desde hace algún tiempo, pienso mucho en el ombligo... 
Como si lo hubiera montado un director de teatro invisible, pasaron por delante de ellos dos jovencitas exhibiendo el ombligo con elegancia. Ramón se limitó a decir: 
—En efecto. 
Y Alain siguió en lo suyo: 
—Hoy en día se ha puesto de moda pasear así con el ombligo al aire. Dura como mínimo hace diez años. —Pasará como todas las modas. 
—¡Pero no olvides que la moda del ombligo inauguró el nuevo milenio! Como si, en esa fecha simbólica, alguien hubiera levantado una cortina que, durante siglos, nos hubiera impedido ver lo esencial: ¡que la individualidad es una ilusión! 
—Sí, sin duda, pero ¿qué relación ves con el ombligo? 
—En el cuerpo erótico de la mujer, algunos lugares son excelsos: siempre creí que eran tres: los muslos, las nalgas, los pechos. 
Ramón reflexionó y dijo: 
—Por qué no...
 —Y luego un día comprendí que hay que añadirles un cuarto lugar: el ombligo.