Ahora, el autor, al tomar la pluma de su heroína y seguir escribiendo, quisiera poder resarcir a sus lectores de las descripciones pesadas y de las digresiones insignificantes, dándoles una impresión de claridad y de fuerza, de serenidad y de confianza en la vida, como cualquier escritor del Renacimiento. Quisiera pintar como una novedad la cita de los amantes que se hablan a la luz de la luna, en el parque poblado de blancas estatuas; la terquedad del padre anciano de las largas barbas; la intensa maldad del traidor, cuyo aliento ponzoñoso envenena las estrellas; la suspicacia del marido torturado por el horrible aguijón de los celos, y la cautela de la esposa adúltera que busca a su amante en el oscuro seno de la noche. Quisiera también cantar con palabras brillantes y entonadas el furor de los ejércitos, la entrevista de los guerreros, el conciliábulo de los asesinos siniestros y el espectáculo del campo de batalla, con los ríos teñidos de sangre y las montañas de muertos exhalando la peste. Luego de vestir las figuras a la moderna y de moverlas bajo el sol de nuestros días o bajo los rayos de la luz eléctrica, el autor, con una mutación un tanto teatral, pintaría la paz solemne del campo, el pastor que conduce su ganado mientras en el azul del crepúsculo tiembla una estrella de plata, y la mañana luminosa, cuando la alondra levanta su vuelo y hace oír en la serenidad del aire las notas agrias y desacordes de su canto. En este ambiente de luz pondría el dulce idilio del joven que marcha por la vida como un corcel desbocado y de la pálida virgen que con sus manos blancas y suaves como el plumaje de la paloma trata de detener su corazón, pájaro prisionero próximo a escapar de su pecho.
29 octubre 2014
10 octubre 2014
Fragmento de "La calle de las tiendas oscuras" (Patrick Modiano).
Patrick Modiano ha sido galardonado con el premio Nobel de literatura 2014.
Hutte
se acariciaba pensativamente la barba, una
barba canosa, corta, pero que se le comía las mejillas. Los ojos
saltones y claros miraban al vacío. A la izquierda
del escritorio, la silla de mimbre en que me sentaba yo durante las
horas de trabajo. Detrás de Hutte unas baldas de madera oscura cubrían
la mitad de la pared; había en ellas guías telefónicas y anuarios de
todo tipo y de los últimos cincuenta años. Hutte me había dicho con
frecuencia que eran herramientas de trabajo insustituibles de las que no
pensaba desprenderse nunca. Y que esas guías y esos anuarios formaban
la más preciada y la más emotiva biblioteca
con que pudiera contar nadie, pues sus páginas recogían multitud de
seres y multitud de cosas y de mundos desaparecidos, de los que ya sólo
esos tomos daban testimonio.
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