28 marzo 2010

"Memorias de una pulga" (Anónimo).



El señor Verbouc practicó un detenido examen. Ambrosio estaba en lo cierto. Nada de sus órganos genitales, aparte de sus grandes bolas, quedaba a la vista, y éstas estaban apretadas contra las piernas de Bella. Mientras tanto Bella sentía el calor del invasor en su vientre. Podía darse cuenta de cómo el inmenso miembro que tenía adentro se descubría y se volvía a cubrir, y acometida en el acto por un acceso de lujuria se vino profusamente, al tiempo que dejaba escapar un grito desmayado.

El señor Verbouc estaba encantado. — ¡Empuja, empuja! —decía—. Ahora le da gusto. Dáselo todo... ¡Empuja! Ambrosio no necesitaba mayores incentivos, y tomando a Bella por las caderas se enterraba hasta lo más hondo a cada embestida. El goce llegó pronto; se hizo atrás hasta retirar todo el pene, salvo la punta, para lanzarse luego a fondo y emitir un sordo gruñido mientras arrojaba un verdadero diluvio de caliente fluido en el interior del delicado cuerpo de Bella. La muchacha sintió el cálido y cosquilleante chorro disparado a toda violencia en su interior, y una vez más rindió su tributo. Los grandes chorros que a intervalos inundaban sus órganos vitales, procedentes de las poderosas reservas del padre Ambrosio —cuyo singular don al respecto expusimos ya anteriormente— le causaban a Bella las más deliciosas sensaciones, y elevaban su placer al máximo durante las descargas.

18 marzo 2010

Fragmento de "Trilogía Steampunk" (Paul di Filippo).



Walt trasladó las manos a la cintura de Emily.
—Permítame compartir mi alegría y mi fuerza renovadas, Emily.
Y entonces le besó.
George Gould le había besado una vez. Pero eso había sido hacía años. Y había sido un joven de cara suave, ¡no un hombre viril y con barba!
Walt se separó y susurró:
— ¡Tú, tacto villano! ¿Qué estás haciendo? ¡Mi aliento está preso en su garganta! ¡Abre tus compuertas! Eres demasiado para mí. Mis sentidos han desertado de sus puestos…
—Los míos también… —dijo Emily.
Y se tumbó sobre el césped arrastrando a Walt con ella.
Las manos de Walt estaban muy atareadas bajo la ropa de Emily.
—Impulso, impulso e impulso, siempre el impulso procreador del mundo. De la penumbra, avanzan iguales opuestos. Siempre sustancia y aumento, siempre sexo. Siempre un entramado de identidad, siempre un brote de vida. Cultos e incultos sienten que así es. Es inútil explicarlo…
— ¡Pues no lo hagas! —susurró Emily.
Walt estaba ya encima de ella, con las manos enterradas en el cuello de su blusa y su peso, como el tronco de un árbol, separándole las piernas. Podía oler el fragante herbaje de su pecho.
Emily le agarraba fuerte, con la boca contra su oreja.
— ¡Mi río corre a ti, mar azul! ¿Me recibirás? Mi río espera respuesta, oh mar —ten compasión. Te llevaré arroyos de perdidos recodos. Dime, mar —tómame
Walt dijo:
—Ma femme —después presionó con fuerza lenta y ruda contra ella.
Emily derramó una lágrima, y se mordió el labio.
En el cielo, una nube sangró alizarina.
Walt se movía despacio.
—Bajamar aguijoneada por el flujo, y flujo aguijoneado por la bajamar. Carne de amor hinchándose y ardiendo deliciosamente en deseos. Límpidos chorros de amor ilimitados, calientes y enormes. Trémula jalea de amor, zumo espumoso y delirante. Noche nupcial de amor abriéndose camino con certeza y suavidad hacia el amanecer postrado, ondulándose hacia el día que cede complaciente. ¡Estoy perdido en el abismo del día que con su dulce carne me estrecha!
— ¡Sí, Walt, yo soy el día, y tú eres mi noche!
— ¡Y aquí llega el alba!
Walt lanzó un alarido bárbaro, y se dejó caer sobre ella, eclipsando el cielo.

13 marzo 2010

Fragmentos de "Mujer de rojo sobre fondo gris" (Miguel Delibes).

Miguel Delibes ha fallecido el 12 de marzo en Valladolid.


En la vida has ido conociendo algunas cosas pero has fallado en lo esencial, es decir, has fracasado. Esa idea te deprime y entonces es cuando buscas apresuradamente un remedio para poder arrastrar con dignidad el futuro. Ahora no tendré a nadie a mano cuando me asalte el miedo.

***

Ninguno de los dos era sincero pero lo fingíamos y ambos aceptábamos, de antemano, la situación. Pero las más de las veces, callábamos. Nos bastaba con mirarnos y sabernos. Nada nos importaban los silencios. Estábamos juntos y era suficiente. Cuando ella se fue todavía lo vi más claro: aquellas sobremesas sin palabras, aquellas miradas sin proyecto, sin esperar grandes cosas de la vida eran sencillamente la felicidad. Yo buscaba en la cabeza temas de conversación que pudieran interesarla, pero me sucedía lo mismo que ante el lienzo en blanco: no se me ocurría nada. A mayor empeño, mayor ofuscación. Se lo expliqué una mañana que, como de costumbre, caminábamos cogidos de la mano: ¿Qué vamos a decirnos? Me siento feliz así, respondió ella.

08 marzo 2010

Fragmento de "La vida sexual de Catherine M." (Catherine Millet).

Felicidades Virginia.


Toda mi cara chapoteaba en su vulva espesa. Nunca en mi vida había sorbido un dobladillo tan inflamado que, en efecto, me llenaba la boca tanto como un albaricoque gordo, como dicen los meridionales. Yo me adosaba a sus labios mayores como una sanguijuela y luego soltaba la fruta para estirar la lengua hasta rasgarme el frenillo y penetrar hasta lo más hondo posible en la dulzura de su umbral, una dulzura comparada con la cual la punta de sus pechos o la redondez de sus hombros eran insípidas. No era de las que se encabritan, exhalaba y pequeños gemidos, tan suaves como el resto de su persona. Resonaban sinceros y me producían una exaltación tremenda. ¡Con qué ansiedad mamaba entonces la frambuesa prominente, cómo me abandonaba a la escucha de aquel rapto! Cuando nos vestíamos, con esa alegría y agitación del vestuario de un club de deportes. Paul, que decía las cosas con más franqueza que todos los demás, se dirigió a Léone: ¿Y? Había sido bueno, ¿no? ¿No había valido la pena soltarse? Ella respondió, bajando los ojos y enfatizando la primera sílaba, que una persona le había hecho efecto. "¡Dios mío, que haya sido yo!", pensé.

04 marzo 2010

"Canonicemos a las putas" (Jaime Sabines).


Santoral del sábado: Betty, Lola, Margot, vírgenes perpetuas, reconstruidas, mártires provisorias llenas de gracia, manantiales
de generosidad.
Das al placer, oh puta redentora del mundo, y nada pides a cambio sino unas monedas miserables. No exiges ser amada, respetada, atendida, ni imitas a las esposas con los lloriqueos, las reconvenciones y los celos. No obligas a nadie a la despedida ni a la reconciliación; no chupas la sangre ni el tiempo; eres limpia de culpa; recibes en tu seno a los pecadores, escuchas las palabras y los sueños, sonríes y besas. Eres paciente, experta, atribulada, sabia, sin rencor.
No engañas a nadie, eres honesta, íntegra, perfecta; anticipas tu precio, te enseñas; no discriminas a los viejos, a los criminales, a los tontos, a los de otro color; soportas las agresiones del orgullo, las asechanzas de los enfermos; alivias a los impotentes, estimulas a los tímidos, complaces a los hartos, encuentras la fórmula de los desencantados. Eres la confidente del borracho, el refugio del perseguido, el lecho del que no tiene reposo.
Has educado tu boca y tus manos, tus músculos y tu piel, tus vísceras y tu alma. Sabes vestir y desvestirte, acostarte, moverte. Eres precisa en el ritmo, exacta en el gemido, dócil a las maneras del amor.
Eres la libertad y el equilibrio; no sujetas ni detienes a nadie; no sometes a los recuerdos ni a la espera. Eres pura presencia, fluidez, perpetuidad.
En el lugar en que oficias a la verdad y a la belleza de la vida, ya sea el burdel elegante, la casa discreta o el camastro de la pobreza, eres lo mismo que una lámpara y un vaso de agua y un pan.
Oh puta amiga, amante, amada, recodo de este día de siempre, te reconozco, te canonizo a un lado de los hipócritas y de los perversos, te doy todo mi dinero, te corono con hojas de yerba y me dispongo a aprender de ti todo el tiempo.

02 marzo 2010

Fragmento de "La Humillación" (Philip Roth).


-Esto es el final- le dijo ella durante el desayuno.
Estaban sentados uno frente a otro en las mismas sillas en que se sentaron meses atras, el día que ella le sijo que ha ya habían corrido el riesgo.
-¿El final de qué?- le preguntó Axler.
-De nuestra relación.
-Pero... ¿por qué?
-No es lo que quiero. He cometido un error.

Así comenzó el fin, de una manera tan abrupta, y concluyó una media hora después con Pegeen en la puerta de entrada, su bolsa de lona en la mano, y Axler con lágrimas en los ojos.