31 julio 2009

"Estío".


Por motivos diferentes (que no vienen al caso, pero que son de fácil deducción para el hábil paseante dado el título de esta entrada) el Jardín permanecerá inerte hasta septiembre, pero podéis seguir disfrutando de él con sus hojas caídas y sus estaciones pasadas...

(Bla bla bla la misma milonga que el 31 de julio de 2.006, de 2.007 y de 2.008. Es lo que hay).

27 julio 2009

Fragmento de “Sanatorio bajo la clepsidra” (Bruno Schulz).



Los sucesos ordinarios están alineados en el tiempo, permanecen enhebrados en su curso como en un hilo. Allí tienen sus antecedentes y sus consecuentes que, apretujándose, se pisan los talones sin parar, sin cesar. Mas, ¿qué hacer con los acontecimientos que no tienen su propio lugar en el tiempo, los acontecimientos que llegaron demasiado tarde, cuando el tiempo ya había sido distribuido, compartido, descompuesto, y ahora se hallan suspendidos, no clasificados, flotando en el aire desamparados y errantes? ¿Acaso el tiempo es demasiado insignificante para todos los sucesos? ¿Es posible que todas las localidades del tiempo fuesen vendidas? Preocupados, corremos a lo largo del tren de sucesos preparándonos para el viaje. Por el amor de Dios, ¿acaso no hay aquí venta de billetes para el tiempo?...
¡Señor revisor!

24 julio 2009

Fragmentos de "Mi propia naturaleza" (Mario Blázquez).


El chico se detuvo delante de una habitación, que deduje sería el origen de donde provenía todo lo que percibía. Asomándome, en la puerta de la habitación advertí la silueta de la espalda de una muchacha iluminada por una vela, totalmente desnuda. De largos cabellos negros que le caían hasta el talle. En su espalda se dibujaba un tatuaje de henna que la ocupaba casi íntegramente. Era el contorno de un enorme sol negro con un fino trazo, algún símbolo de la cultura árabe que me resultaba familiar, pero que no acertaba a descifrar. Alrededor de toda la cintura y el vientre tenía otro tatuaje de un intrincado dibujo tribal. La muchacha permanecía inmóvil sentada de espaldas, como si de una musa que posara para mí se tratase. El chico soltó mi mano y me dejó allí, hechizado por aquella muchacha. De fondo ya no escuchaba la fiesta del salón. Sólo escuchaba la flauta y el agua y sentía que me ahogaba cada vez más en el incienso. Ella giró sobre su cintura y provocó que temblase como si hubiese viajado a otra dimensión perdiendo la lucidez.

Extendió su mano hacia mí y pude observar su desnudo cuerpo divino: sus preciosos pechos y su gloriosa silueta con fastuosas curvas, que terminaba en una estrecha cintura redondeada. Todo su cuerpo emanaba beatitud. Con su mano atrapó la mía y la posó mansamente en su pecho mientras cerraba los ojos. Su tacto era como acariciar una nube. Yo también cerré los ojos, pero tosía, me estaba quedando sin aire. Sólo el sedoso tacto de su cuerpo me mantenía despierto. Cuando nuestros cuerpos se acercaron, descansó su mano sobre mi cabeza y se aproximó hasta besarme. Sentí que me proporcionó aliento cuando ya desfallecía. Al desprender sus labios de los míos, un aura de humo emergía de su boca, como si hubiese extraído el incienso de mis pulmones.

Quise abrazar su cuerpo desesperadamente. Pero ella, con un gesto manso de negación, puso su mano en mi boca mientras susurró como un canto celestial una palabra en turco que repitió dos veces y que no pude traducir: “Seni seviyorum. Seni seviyorum”. Recogió una malla que tenía a sus pies y se cubrió con ella como quien se arrepiente de algo o quiere ocultar y enviar al olvido lo que ha sucedido. Abandoné su habitación sin comprender qué había pasado.

20 julio 2009

Fragmento de "Matar un ruiseñor" (Harper Lee).



Atticus Finch no hacía nada que pudiera despertar la admiración de nadie: no cazaba, no jugaba al póker, no pescaba, no bebía, no fumaba...
Se sentaba y leía.

17 julio 2009

"El mar, el mar y tú, plural espejo", de "Bajo tu clara sombra" (Octavio Paz).


La foto la ha aportado Kisantreh para ilustrar el poema de hoy. El cómo y el porqué es cosa nuestra.


El mar, el mar y tú, plural espejo,
el mar de torso perezoso y lento
nadando por el mar, del mar sediento:
el mar que muere y nace en un reflejo.

El mar y tú, su mar, el mar espejo:
roca que escala el mar con paso lento,
pilar de sal que abate el mar sediento,
sed y vaivén y apenas un reflejo.

De la suma de instantes en que creces,
del círculo de imágenes del año,
retengo un mes de espumas y de peces,

y bajo cielos líquidos de estaño
tu cuerpo que en la luz abre bahías
al oscuro oleaje de los días.

13 julio 2009

Fragmento de "La niña del pelo raro" (David Foster Wallace).



Es el aquí. Es el ahora. Las bellezas por venir deberán ser nuevas. La invité a ver el renacimiento de un cristal: frío y plano como una pastilla. Fibras brillantes parpadeando en matrices estéticas bajo un floreciente amanecer de sodio. Lo que nos conmueve y por tanto nos guía es lo que está vigente. Preveo el surgimiento inminente de una enorme desnudez, de una limpieza inmensa que borboteará en todos los rincones del significado. Huelo cambios, que traerán consigo alivio, igual que la húmeda promesa de un chaparrón de verano. Una nueva era y una nueva comprensión de la belleza como campo y ya no como lugar geométrico. Se acabaron los conceptos uni-objetivos, la contemplación, el cálido efluvio de los tréboles, los regazos que respiran agitadamente, las historias como símbolo, los colosos. Se acabó el hombre, el apoyar la frente en el puño, el llevarse la mano al escote, entendidos en términos de mamporros, de ruidos sordos, de naturaleza agitada, una naturaleza a su vez concebida como algo coloreado, dotado de forma e investido de un olor, algo que ofrece significado en virtud de sus cualidades. Se acabaron las cualidades. Se acabaron las metáforas. Números de Gödel, gramáticas libres de contexto, autómatas finitos, funciones de correlación y espectros. Un aquí que ya no sea sensual sino causal y eficaz. Un aquí entendido de la manera más íntima. Electrónica de plasmas, sistemas de gran escala, amplificación operacional. Admito que me veo a mi mismo como un esteta de lo frio, de lo nuevo, de lo correcto, del Aquí veraz e impecable. Variable como la ley de Poisson y morfológicamente denso: piezas cuya forma, dimensión, carácter e implicación puedan expandirse como sargazos a partir de un criterio de función y una estructura de relación simple. Odas a y de Green, Bessel, Legendre y Eigen. Sí, ha habido momentos en este último año en que casi he tenido que resguardar mis ojos ante el reflejo del procesador de texto: yo mismo me he convertido en axioma, en lenguaje, en regla de formación y al parecer he desprendido un brillo blanco como un filamento incandescente por un fuego justiciero.

10 julio 2009

Fragmentos de "Tras la pólvora, Manuela" (Jorge Enrique Adoum).



Duermes dorada y desguarnecida, sitio
de mi próxima batalla. Igual duerme
el continente: el amor en reposo, lomo
animal en la espuma.
(Si esa noche -melosa
hamaca la noche de Jamaica- la cuchillada a ciegas
me hubiera hallado de perfil el corazón, no te habría
encontrado, y solo habría sido decepcionante
cadáver incompleto, mitad de asesinado).
Pero esta noche, tú bocabajo -yegua al galope
arrancándole al sometimiento los frenos en pedazos-
me abandonas tu dura rosa hendida, no hay
peligro, y mi destino en ti tiene lugar.
Tú bocarriba -nave que arremete
su proa contra el viento injusto-
me confías tu tajamar de pelo, y no hago la paz:
yo sé que ambos, continente y muchacha, no están
en retirada: acumulan revueltas bajo el sueño,
sedes sin prisa por saciarse, sangres maniatadas,
y estallarán pidiendo más combate al desayuno.

Afuera sigue la ciudad y yo renuncio
a su fulgor debajo de tu lengua. Parezco
triunfador y rehén tu campamento: allí
se me adhiere tu venda de muslo fiel
y urgente, y me muerde tu llama:
ocupación de un adiós en vacaciones.
La historia se quedó en el traje, tirada
por la noche en una silla, pero desnudos
sólo quiero ese nombre que te oigo con la boca,
sólo la intermitente estatua a dos ombligos
y ese mapa de venas donde no me extravío.
Contemos en la mañana las condecoraciones
que nos dejó la noche con sus mordeduras,
cúbrelas con el despojo usual de mi camisa,
vísteme de solitario, de viudo, de soltero,
y devuélveme a los demás (anoche me olvidé
de su abstinencia al entrar en tus anillos),
y niéguenme tus abras, écheme
tu forma, rehágase con una sola espalda.
Y que pueda yo salir -lunes de cada día- a completar
la libertad entre los dos, cópula apenas comenzada.

06 julio 2009

Bar Rafaeli.

video

03 julio 2009

"Esa flor instantánea" (José Agustín Goytisolo).


Miedo a perderse ambos
vivir uno sin otro:
miedo a estar alejados
en el viento en la niebla
en los pasos del día
en la luz del relámpago
en cualquier parte. Miedo
que les hace abrazarse
unirse en este aire
que ahora juntos respiran.
Y se buscan y buscan
esa flor instantánea
que cuando se consigue
se deshace en un soplo
y hay que ir a encontrar otras
en el jardín umbrío.
Miedo; bendito miedo
que propicia el deseo
la agonía y el rapto
de los que mueren juntos
y resucitan luego.