09 octubre 2015

Fragmento de "Voces de Chernóbil" (Svetlana Aleksijevitj).

La bielorrusa Svetlana Aleksijevitj, ha sido galardonada con el Premio Nobel de Literatura 2015.


La responsable del hotel, cuando nos íbamos, contó todas las toallas, todas las sábanas... Y allí mismo las fue metiendo en una bolsa de polietileno. Seguramente lo quemaron todo... Pagamos el hotel nosotros. Por los catorce días... El proceso clínico de las enfermedades radiactivas dura catorce días... A los catorce días el enfermo muere... Al llegar a casa me dormí. Entré en casa y me derrumbé en la cama. Estuve durmiendo tres días enteros... Vino una ambulancia. "No -dijo el médico-, no ha fallecido. Despertará. Es una especie de sueño terrible". Tenía veintitrés años... Recuerdo un sueño... Viena a verme mi difunta abuela, con la misma ropa con la que la enterramos. Y adorna un abeto. "Abuela, ¿cómo es que tenemos un abeto? ¿No estamos en verano?" -"Así debe ser. Pronto tu Vasia vendrá a verme. Y como ha crecido en el bosque...". Recuerdo otro sueño: llega Vasia vestido de blanco y llama a Natasha. A nuestra hija, la niña que aún no había dado a luz. Ya es mayor. Ha crecido. Él la lanza al aire y los dos ríen... Y yo los miro y pienso: qué sencillo es ser feliz. Otro sueño... Andamos los dos por el agua. Andamos mucho, mucho rato... Seguramente me pedía que no llorara... Me mandaba señales. De ahí... De arriba... (Se queda callada largo rato.) Al cabo de dos meses regresé a Moscú. De la estación al cementerio. ¡A verle! Y allí, en el cementerio, me empezaron las contracciones... En cuanto me puse a hablar con él. Llamaron una ambulancia... Di a luz con la misma doctora, con Anguelina Vasílievna Guskova. Ya entonces me había dicho: "Ven a dar a luz aquí." Parí con dos semanas de adelanto. Me la enseñaron... Una niña... "Natasha -la llamé-. Tu papá te llamó Natasha". Por su aspecto, parecía un bebé sano. Con sus bracitos, sus piernas... Pero tenía cirrosis de hígado... En su hígado había veintiocho roentgen... Y una lesión congénita del corazón... A las cuatro horas me dijeron que la niña había muerto... ¡Y otra vez, que no se la vamos a dar! ¡¿Cómo que no me la vais a dar?! !Soy yo quien no os la da a vosotros! La queréis para vuestra ciencia, pues yo odio vuestra ciencia. ¡La odio! Vuestra ciencia se lo ha llevado a él y ahora aún quiere... ¡No os la daré! La enterraré yo misma... Junto a su padre... (Calla.) No hay manera de que me salga lo que quiero decir... No con estas palabras... Después del ataque al corazón no puedo gritar. Tampoco me dejan llorar. Por eso no me salen las palabras... Pero le diré... Aún no lo sabe nadie... Cuando no les di mi hija... Nuestra hija... Entonces me trajeron una cajita de madera: "Allí está". Lo comprobé... La envolvieron en pañales... Toda ella envuelta... Y entonces me puse a llorar y les dije: "Colóquenla a los pies de mi marido Y díganle que es nuestra Natasha". Allí en la tumba no está escrito: Natasha Ignatenko... Sólo está el nombre de él. Ella no tuvo ni nombre, no tuvo nada. Sólo el alma. Y es allí en donde enterré el alma.

21 julio 2015

Los jóvenes que despiertan al amanecer (fragmento), de "Androgyne mon amour" (Ernest Hemingway).


Ernest Hemingway nació el 21 de julio de 1899.



Los jóvenes que despiertan al amanecer pueden asustarse de ser expulsados con demasiada rapidez de sus protectores sueños de una madre, no recordados. Repentinamente, entonces, pueden sentir la verdadera enormidad de la exposición a la casualidad. La mañana que recién comienza, está colmada de demandas susurradas que ellos sospechan no poder satisfacer. ¿Y en quién pueden confiar suponiendo, temerariamente, que todavía sean capaces de confiar sino en alguien (tú) cuyo nombre ha regresado a la confusión de muchos nombres de anoche?. Te miran con precaución mientras te das vueltas y suspiras en sueños. Están envidiosos de ti, de tu sueño, que todavía te protege de los susurros que se hacen más audibles cada instante. Se sientan, con cuidado, en el borde de tu cama, agobiados y temblorosos como viejos sentados en los bancos, tosiendo con tos de fumadores… Pregunta: Si no estuvieras durmiendo ¿los llevarías otra vez contigo al cálido olvido, o, si te despertaras en este momento, acaso ellos no serían para ti tan sin nombre como tú para ellos, y aun menos confiables? Probablemente sí, ya que el recelo es, entre las divisas heráldicas del escudo de tu corazón, la que parece más indeleble, como si estuviera tallada allí, o grabada a fuego. ¿Qué les queda por hacer entonces, más que sentarse cuidadosamente al borde de tu cama, mirando de soslayo la prisión de luz que ha traído la mañana? ¿Será mejor a las diez que a las siete? Otra pregunta cuya respuesta, equívoca, espera en el magistral tictac del reloj, de tantos, tantos relojes. Y así, sin que nadie haya pronunciado sus nombres ni haya tocado sus cuerpos agobiados, descienden otra vez al misterio de la cama, tras haber cerrado los postigos para dejar atrás el día un atardecer más.

18 junio 2015

Fragmento de "El hombre duplicado" (José Saramago).

5 años ya sin José Saramago.



El alma humana es una caja de donde siempre puede saltar un payaso haciéndonos mofas y sacándonos la lengua, pero hay ocasiones en que ese mismo payaso se limita a mirarnos por encima del borde de la caja, y si ve que, por accidente, estamos procediendo según lo que es justo y honesto, asiente aprobadoramente con la cabeza y desaparece pensando que todavía no somos un caso perdido.

10 junio 2015

Fragmento de "Adiós Hemingway" (Leonardo Padura).

El cubano Leonardo Padura ha sido galardonado con el Premio Princesa de Asturias de las Letras 2015. 



De cualquier modo, a su lado no quería ni a escritores ni a políticos. Y por eso se negaba, cada vez más, a hablar de literatura. SÍ alguien le preguntaba sobre sus trabajos apenas decía: «Estoy trabajando bien», o si acaso: «Hoy escribí cuatrocientas palabras». Lo demás no tenía sentido, pues sabía que cuanto más lejos va uno cuando escribe, más solo se queda. Y al final uno aprende que es mejor así y que debe defender esa soledad: hablar de literatura es perder el tiempo, y si uno está solo es mucho mejor, porque así es como se debe trabajar, y porque el tiempo para trabajar resulta cada vez más corto, y si uno lo desperdicia siente que ha cometido un pecado para el cual no hay perdón. Por eso se había negado a viajar hasta Estocolmo para asistir a una ceremonia tan insulsa y gastada como la de recibir el Premio Nobel. Era una lástima que aquel premio se concediera sin uno solicitarlo y que rechazarlo pudiera considerarse una pose de mal gusto y exagerada: pero fue lo que deseó hacer, pues aparte de los treinta y seis mil dólares tan bienvenidos, no le importaba demasiado tener un galardón que exhibían gentes como Sinclair Lewis y Faulkner, y de haberlo rechazado su aureola de rebelde habría tocado las estrellas. La única satisfacción de aquel premio era contar con los dedos los otros autores que no lo habían recibido: Wolfe, Dos, Caldwell, el pobre Scott, la invertida de Carson McCullers, esa hiperbólica sureña capaz de exhibir sus preferencias sexuales bajo una gorra de jugador de béisbol. Y también, claro está, el placer de saber que como escritor uno ha tenido la razón. Pero de ahí a comprar un traje de etiqueta y viajar medio mundo nada más que para lanzar un discurso, había un abismo que él no podía saltar. Adujo problemas de salud, debidos a los desastres aéreos sufridos en África, y cuando recibió el cheque y la medalla de oro, pagó deudas, le envió algún dinero a Ezra Pound, recién salido del manicomio, y entregó la medalla a un periodista cubano para que la depositara en la capilla de los Milagros de la Virgen de la Caridad del Cobre: era un buen gesto, al cual se le dio excelente publicidad, y que lo mejoraba con los cubanos, tan noveleros y sentimentales, y también con el más allá, todo de un solo golpe.

14 abril 2015

Fragmento de "El libro de los abrazos" (Eduardo Galeano).


Muere el escritor uruguayo Eduardo Galeano a los 74 años.



No nos da risa el amor cuando llega a lo más hondo de su viaje, a lo más alto de su vuelo: en lo más hondo, en lo más alto, nos arranca gemidos y quejidos, voces del dolor, aunque sea jubiloso dolor, lo que pensándolo bien nada tiene de raro, porque nacer es una alegría que duele. Pequeña Muerte, llaman en Francia a la culminación del abrazo, que rompiéndonos nos junta y perdiéndonos nos encuentra y acabándonos nos empieza. Pequeña Muerte, la llaman; pero grande, muy grande ha de ser, si matándonos nos nace.

"Glóbulos rojos", de "Entre lo cotidiano de existir" (Günter Grass).

Muere el premio Nobel alemán Günter Grass a los 87 años.


Pero desnuda y reducida sólo a proporciones me das pena. Por eso intento cambiarte de sitio la rodilla. Tu espinazo cóncavo me da qué pensar. No comprendo por qué eres tan fea ni por qué soy incapaz de apartar de ti la vista y mirar, por ejemplo, el campo verde o el río, que son tan naturales y no tienen clavículas. Te quiero lo que puedo. Voy a componer un ballet para tus glóbulos, los rojos y los blancos. Cuando caiga el telón te tomaré el pulso y veré si el esfuerzo ha merecido la pena.

25 febrero 2015

Fragmento de "A las orillas del Sar" (Rosalía de Castro).


 178 aniversario del nacimiento de Roslía de Castro.



En los ecos del órgano o en el rumor del viento,
en el fulgor de un astro o en la gota de lluvia,
te adivinaba en todo y en todo te buscaba, 
sin encontrarte nunca. 

Quizá después ha hallado, te ha hallado y te ha perdido
otra vez, de la vida en la batalla ruda,
ya que sigue buscándote y te adivina en todo,
sin encontrarte nunca. 

Pero sabe que existes y no eres vano sueño,
hermosura sin nombre, pero perfecta y única;
por eso vive triste, porque te busca siempre 
sin encontrarte nunca.