
Mi cabeza da bandazos contra las losas. Él la toma entre sus manos y me besa, dulzón, el rostro, frente, párpados, nariz, mejillas, orejas, boca, barbilla, mentón. Su saliva fluye como lágrimas por el óvalo de mi cara.
-¿Por qué no nos sentamos uno frente al otro y tú encima de mí? -sugiere más que pregunta.
Entiendo perfectamente que debo enterrar su sexo en el mío y moverme de un lado a otro, de izquierda a derecha, y a la inversa, batiendo mi cintura, besándolo con los ojos abiertos, o simplemente erguir mi espalda para que los pezones den exactos con su boca y él pueda de esta forma chuparlos hasta el hartazgo. Ahí tengo mi primer orgasmo. Lento, gozándolo centímetro a centímetro, con los ojos idos en los suyos y los pelos de su pecho rascando mis paradas tetas.
Un quejido descomunal me lanza con la espalda arqueada hacia atrás. Él aprovecha y se zafa de mí. Furioso, lo cual me asombra, me vira de espaldas a su cuerpo. Estira mis piernas y las entreabre, mi nariz se hunde en la seda de un cojín. El rabo descansa entre mis nalgas, él las aprieta, y como yo me meneo, aquello resulta ser una masturbación sensacional, como cuando se hace entre los senos. Inesperadamente, mi ano va cediendo y le ruego que me lo parta, pero al introducir sólo la puntica el dolor es tan agudo que casi me desmayo. Sin embargo, ni eso me despoja del deseo fulminante que siento de ser ensartada por detrás, mis manos cooperan en separar las nalgas y él entra, poco a poco, cada vez con menos trabas.
-Suavecito, suavecito... -suplico yo.
El tono inocente de mi voz lo inflama poderosamente, y mientras más dulce pido, más encontronazos siento en mi interior. De repente se decide por el impulso bestial. No puedo explicarlo, no hay acción para que suceda así, pero mi vagina late desenfrenada. El dedo medio de él va a parar dentro de ella y así acaricia su picha a través de un sencillo tejido. Podría haberse venido, pero se contiene.