13 febrero 2008

"El baile de la victoria" (Antonio Skármeta).


Alejaba sus labios hacia las rodillas, mordía levemente su fortaleza ósea, rodaba la lengua sobre la piel del fémur, restregaba la nariz encima de los talones, untaba de saliva las plantas de sus pies, hacía chocar sus dientes frutales contra los montículos de sus tobillos, y sus senos, henchidos por la autoridad de la calentura, asomaban una y otra vez en esa suerte de oleaje que iba trayendo y llevando sus caricias.

Casi con una pirueta, el joven la prendió de la cintura, la puso bajo su cuerpo, resbaló una de sus manos hasta la cavidad de su vientre e, inspirado por esa humedad, estuvo un rato merodeándole el clítoris, convenciéndole de que era real en ella el vértigo de la piel de una uva. No pudo resistir ese hechizo y descendió a olerlo y besarlo, a enredarlo en su lengua, y a apretarlo muy leve entre la abertura de sus dientes superiores. El recuerdo de su danza le inspiraba tanto la acción como el control, y la suavidad de la saliva mezclándose con sus fluidos hizo que no perdiera ya más de vista el urgente camino del deseo.

2 se abrieron.

gatina dijo...

Mmmmmmmmmmmmmmmmmmm! Creo que ha sido un buen día para regresar al jardín...

Fernando S. dijo...

gracias a ti...seguro que te robo alguna más. un abrazo