07 mayo 2007

Fragmento de "El club Dumas" (Arturo Pérez Reverte).



Entonces le separó los muslos y accedió por fin, aturdido, a un paraíso húmedo, acogedor, que parecía hecho de nata caliente y miel. Notó que la chica se removía, soñolienta, y que sus brazos se le cruzaban alrededor de la espalda aunque no estaba despierta del todo. La besó en el cuello y en la boca, que mantenía un quejido largo e infinitamente dulce, y comprobó que movía las caderas para acoplarse a él y acompasar el movimiento. Y cuando se hundió hasta el fondo de la carne y de sí mismo, abriéndose paso sin esfuerzo hacia el lugar perdido en la memoria de donde, por instinto, procedía, ella había abierto ya los ojos y lo miraba sorprendida y feliz, reflejos verdes a través de las largas pestañas húmedas.

3 se abrieron.

Anónimo dijo...

dulce despertar... y humedo... perfecto para un domingo.
besos

Gregorio Verdugo González-Serna dijo...

Arturo es singular a la hora de describir las relaciones amorosas, la mujer siempre es un refugio, una patria a la que acudimos para que nos acunen.
Un saludo.

Gatina dijo...

mmmmmmm....qué envidia!!! el mejor de los despertares, y no sólo para los domingos. Al amanecer o en la siesta, pero siempre en ese instante de duerme-vela previo a abrir los ojos, como si se tratase de un dulce sueño...
Es genial. (El relato también, es Reverte)