
Era un día muy caluroso, una avanzadilla del verano. Algodón y yo estábamos en la cama, encima de las sábanas. Acabábamos de hacer el amor y él dormitaba. Estaba a mi lado, despidiendo su tibieza de animal conocido. El sol entraba por la ventana. Como ahora. Yo contemplaba el dibujo de sus rayos en el muro y percibí, súbitamente, la perfecta geometría de esas líneas. Miré a mi alrededor: todo en la habitación había adquirido una definición extraordinaria. La cama, las arrugas de las sábanas, el ángulo de la pared, la piel sudada de Algodón, el exacto contorno de mis manos: todo era sustancial, eterno, necesario. Todo parecía estar cargado de existencia. Como si, por unos instantes, hubiera atinado a ver el oculto diseño de las cosas. Y pensé: este momento pasará, y pasarán los años, y un día moriré. Pero sabía que ese recuerdo me iba a acompañar hasta el fin de mi tiempo. Que cuando mis días se acabaran añoraría ese instante.
Como ciertamente ha sucedido.


Alguien se ha abierto.
Tan solo conozco de Rosa Montero la Historia del rey transparente, un libro que me encantó y creo que, al recordarmelo tú, voy a volver a leer.
Como siempre, un placer pasear por tu jardín.
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