
No es común pero, a veces, las gunfias se enamoran. Lo hacen poco a poco, como con miedo, amparándose en un sigilo extraordinario. Si se las observa con detenimiento —no existe placer comparable— se pueden descubrir las pruebas irrefutables del nuevo estado. La forma de caminar se hace más lenta y elegante —reducen la distancia de los pasos en casi un centímetro— y elevan los hombros hacia el cielo deshaciendo la curva minúscula de la espalda. La sonrisa la prolongan el tiempo exacto que un pájaro mediano emplea en abrir y cerrar las alas cuatro veces. Más complicado es distinguir un tono distinto y más dulce aún en su voz, el brillo más intenso en la piel de los hombros o las reglas caóticas que comienzan a regir la elección de los adornos para sus manos.
Cuando una gunfia se enamora mucho mucho inventa acciones tan lindas como mudar el color del cabello y la forma de sujetarlo, negarse a ingerir cualquier clase de alimento y acercarse mucho mucho los auriculares de los teléfonos. Lo niegan todo, por supuesto: es una prueba más del paraíso azul en el que se hallan sumergidas. Por último, cuando ya no pueden ocultarlo y se sienten observadas, hacen locuras tremendas como mirar de frente, perfeccionar hasta el infinito el olor que despiden y comprarse coches deportivos rojos. Algunos pensadores argentinos afirman que la gunfia, llegados a este punto, ha alcanzado su límite y, por lo tanto, deja automáticamente de serlo, y se convierte en kríngula.

3 se abrieron.
Y de nuevo precioso, lo leí en su día y me fascino. El paso del tiempo no ha cambiado eso, creo que con cada lectura me gusta más.
Me encanta tu Jardín
Como no tienes un lugar al que dirigirme para darte las gracias, aquí te las dejo para que pases a recogerlas.
Vuelve pronto y ojálá que te siga encantando mi Jardín.
Un Jardín precioso, bien digo. Ojalá sigas regándolo con tan hermosos textos como he podido observar... Tan solo en la primera página.
Prometo una pronta vuelta a seguir explorando entre la selva de tus palabras.
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