
Nos habíamos olvidado de nuestro miedo. No supimos cuándo entró; estaba mirándonos cuando alzamos la cabeza para pedir los tragos. La vimos al mismo tiempo, pero yo me quedé solo mirándola. Cuando me levanté, todas las monedas que estaban paradas de canto comenzaron a rodar.
Yo le dije: "He estado esperándote Madeleine".
Y luego: "Ahora vendrás todas las noches".
Ella siguió mirándome y asintió. Cuando salíamos oí su voz diciéndome: "Ya no me necesitas más. Déjame ir ahora".
Yo le tomé la mano y se la apreté con fuerza.
Mientras cruzamos la calle veíamos a Madeleine a través de la vitrina que había comenzado a esperar.


Ábrete.
Publicar un comentario