
Amo a las máscaras por irreales. Amo a las máscaras porque nunca cambian. Amo a las máscaras por conquistadoras, por vencedoras, porque siempre superan al rostro que ocultan, y le imponen con crueldad su destino de fiesta oculta. Amo a las máscaras y las compadezco porque nunca tendrán ojos, ni manos, ni cuerpo. Su existencia consiste en ser miradas y usadas. Su vida es vida de carnaval o vida de noche, es vida de cacería, de guerra o de muerte, su vida existe más allá de nuestros sentidos, en el universo de los otros que hubiésemos queridos ser…
Entre las penumbras de la habitación, sus ojos castaños miraban a su idéntica en el espejo, y le daban la certeza de que aquella a quien miraba era una distinta a ella, a la vez que entraba poco a poco a ese otro mundo a través del espejo, en una libidinosa parodia de Alicia en el País de las Maravillas. La roja máscara tapaba sus facciones y sólo sus ojos permanecían como un rescoldo de un pasado no vivido. Pero aunque sólo su rostro estaba oculto y disperso, ella descubría una etérea criatura surgiendo de su piel. Miles de veces más se había visto desnuda ante un espejo, pero hoy, al descubrirse como otra, también empezó a descubrir lo otro de su cuerpo, lo esencial…

Ábrete.
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