
Siempre admiré a ese pequeño ser por saber entenderla, quererla, apreciarla con toda su belleza y magnitud.
Siempre admiré a El Principito por su amor a la muerte.
A través de los años uno adquiere diversos significados y sentimientos para los denominados ejes de su vida; amor y sexo, vida y muerte, en una continua lucha de encuentros y desencuentros a través del hilo conductor del dolor en la fragilidad de nuestro ser, de mi ser.
Sé que soy, sin lugar a dudas, demasiado insignificante ante tal cantidad de belleza en cada uno de ellos, por eso me aturden, me hieren y atraen cada vez que alcanzo una pequeña fracción de su magnitud.
¿Habéis sentido como vuestro ser intenta parecer querer escapar, huir atraído por tales sentimientos?
En esta etapa de mi vida he llegado a creer que para mi el amor ha sucumbido, no soporto el dolor que produce en mi, he traicionado a la vida.
El sexo en cambio me atrae a la muerte, es como dicen los franceses su petit mort la que poco a poco me sumerge en un mar de dulzura, en un mar de nada, en un mar de infinitos que solo así, solo dejando mi cuerpo aquí, puedo alcanzar.
Yo, al igual que El Principito ya no temo la muerte, la espero y quizás algún día la busque. Sólo necesito un desierto que es mi mundo, una serpiente que eres tú.
Si realmente me quieres, ¿me harás ese favor?

Ábrete.
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