Los senos son dos plácidas colinas que apenas mece mi aliento, son dos frutos delicados de pálidas venaduras, fueron dos copas llenas próvidas y nutricias en la plena estación y siguen alimentando dos flores en botón.
El jardinero estuvo viendo anoche el último capítulo de la tercera temporada de "House", y aparte de las coincidencias ya sabidas con semejante personaje me encontré con una más. No nos gustan los cambios.
Ambos vivimos cómodos en nuestra rutina diaria, supongo que porque es el modo más fácil de que no pase nada descontrolado que nos ponga en peligro. Y dentro de esa rutina procuramos modificar lo necesario para que, dentro de ese pequeño caos, en el último instante las cosas acaben saliéndonos bien.
Pero de repente te das cuenta de que hay que cambiar. ¿El qué? Todavía no lo se. De casa. De ciudad. De trabajo. De compañía. Desde luego, de guitarra no.
Claro que siempre podemos cambiarlo todo para que nada cambie...
Como ya dije en su momento, me gusta leer las huellas de los paseantes del Jardín. Y hete aquí que entre estas ha aparecido la de una zamorana, no se si la primera pero si la única que se ha manifestado. Así que en una especie de nepotismo, Eva, hoy la entrada es para tí. Porque me da la gana.
Noche de amor perfecto, amargo, oscuro. Presente comprendiéndose a sí mismo hinchado al fin de vida. El mundo, tal vez innecesario. El vello desprendido sobre la piel muy húmeda. Anacrónicamente, la colcha años cuarenta con cinco japonesas azuladas.
Trabajando en domingo... Serán los efectos del solsticio.
Será mi mano en tu pelo, será que afuera paró de llover o el hueco que hace siglos dejaron ciertas cosas como tu pelo, mi mano, la lluvia, lo que relumbra entre los dos que actuamos esta escena decididamente verosímil.
El caracol del ansia, ansiosamente se adhirió a las pupilas, y una especie de muerte a latigazos creó lo inesperado. A pausas de veneno, la desdichada flor de la miseria nos penetró en el alma, dulcemente, con esa lenta furia de quien sabe lo que hace.
Flor de la perversión, noche perfecta, tantas veces deseable maravilla y tormenta. Noche de una piedad que helaba nuestros labios. Noche de a ciencia cierta saber por qué se ama. Noche de ahogarme siempre en tu ola de miedo. Noche de ahogarte siempre en mi sordo desvelo. Noche de una lujuria de torpes niños locos. Noche de asesinatos y sólo suave sangre. Noche de uñas y dientes, mentes de calor frío. Noches de no oír nada y ser todo, imperfectos. Hermosa y santa noche de crueles bestezuelas.
Y el caracol del ansia, obsesionante, mataba las pupilas, y mil odiosas muertes a golpes de milagro crearon lo más sagrado. Fue una noche de espanto, la noche de los diablos. Noche de corazones pobres y enloquecidos, de espinas en los dedos y agua hirviendo en los labios. Noche de fango y miel, de alcohol y de belleza, de sudor como llanto y llanto como espejos. Noche de ser dos frutos en su plena amargura: frutos que, estremecidos, se exprimían a sí mismos.
Yo no recuerdo, amada, en qué instante de fuego la noche fue muriendo en tus brazos de oro. La tibia sombra huyó de tu aplastado pecho, y eras una guitarra bellamente marchita. Los cuchillos de frío segaron las penumbras Y en tu vientre de plata se hizo la luz del alba.
El jardinero suele madrugar bastante. Entra en el Jardín apenas ha amanecido para tener todo en perfecto estado cuando los primeros paseantes lleguen y observa las huellas que estos han dejado a lo largo del día anterior. Con el paso del tiempo he aprendido a leerlas, a saber por ellas quien ha entrado, dónde se ha detenido o qué ha estado haciendo en sus idas y venidas por las sendas del Jardín. He aprendido a apreciar a los paseantes por su rastro. Pero no a todos. Hay huellas que no me gusta encontrar. Son de personas que no son bienvenidas en mi Jardín, seres que entran con aparente buena voluntad pero son mentirosos y viles, y dejan su nauseabundo rastro de tal modo que es imposible repararlo, y allí donde han pisado nada vuelve a crecer pese a mis cuidados, y las plantas y árboles que lo rodean se ajan y marchitan como si hubiesen sido impregnados de cal viva y sal.
No prohibo la entrada a nadie porque el Jardín es un espacio de plena libertad, pero esos seres detestables no son bienvenidos.
Y estaría encantado de no volver a encontrarme sus huellas nunca más.
Antes de dormir, en la habitación oscura, pienso en los racimos de mujeres asomadas a las ventanas. Los vestidos se abren y surgen los pechos turgentes, los vientres redondos, marcados por la fatiga. Me hago la idea de levantarme y partir otra vez a buscarlas. Podría pagar con un cheque. Pienso después en la balsa, en el agua tranquila y engañosa, en tus chillidos. Avanzas en la oscuridad, en el traje de baño de entonces. Tus muslos duros, blancos, en contraste con la tela negra y elástica. La verdad, no voy a salir; prefiero hundirme en la cama y esperar que llegues. Pero no llegas nunca. Te demoras interminablemente en llegar.
Cambio el tiempo de un momento por la parte que te di cada espacio y cada gesto cambio a cambio de seguir.
Nada pido por mis ojos nada cuesta no acordarme a qué me sabes gano puntos si me callo lo que pienso.
Fue un placer el nunca haberte conocido quiero todo y nada a cambio y que nadie nombre nada entre nosotros lo que siento te lo morderé al oído por la cuenta que me trae no te lo olvido.
De momento no de momento nada de momento ¿qué? de momento ni agua de momento no de momento basta de momento estoy de momento en calma.
Cambio versos que no escribiré cada huella sobre ti cambio un beso, cambio abrazos cambio a cambio de seguir quiero todo y nada a cambio…
Cuando asentí, levantó su falda, mostrándome unas piernas blancas enfundadas en medias de malla azul. Al levantarlo, el pesado vestido de terciopelo se enganchó en unas ligas de grandes dimensiones. A continuación, apareció la piel desnuda de sus muslos, un poco erizada como a veces corresponde a la epidermis de las muchachas muy jóvenes. Por último, el vestido de terciopelo, alzado progresivamente como el telón de un teatro, descubrió un vello rubio y triangular lo bastante fino como para compararlo con un ovillo de seda natural; mientras tanto, yo sentía cómo me ardía la sangre. Transcurrió más de un minuto hasta que este fondo de decorado triangular apareció del todo. Lo vi como el follaje de un sauce reluciente bajo el claro de luna, cuyo tronco estaba representado por la sombra del apretado surco que se adivinaba más abajo. Visto de cerca, este surco estaba además coloreado de rosa y resaltaba entre la blancura de sus caderas. El vello cubría también el pliegue de las ingles sin esconder, no obstante, las pequeñas arrugas regordetas. Era tan densa y ligera a la vez, que parecía flotar como una nube fibrosa frente a la luna. Al final del triángulo, el color se oscurecía tirando a rojizo. Esta zona era más rala pero más rizada. Los muslos de la muchacha permanecían cerrados hasta arriba. Parecía tener la entrepierna muy estrecha. Así se explicaba la conformación de esta vegetación inferior, que se había enroscado sobre sí misma, como los cabellos bajo la acción de la humedad. El telón cayó lentamente...
Antes que el viento fuera mar volcado, que la noche se unciera su vestido de luto que estrellas y luna fincaran sobre el cielo la albura de sus cuerpos.
Antes que luz, que sombra y que montaña miraran levantarse las almas de sus cúspides; primero que algo fuera flotando bajo el aire; tiempo antes que el principio.
Cuando aún no nacía la esperanza ni vagaban los ángeles en su firme blancura; cuando el agua no estaba ni en la ciencia de Dios; antes, antes, muy antes.
Cuando aún no había flores en las sendas porque las sendas no eran ni las flores estaban; cuando azul no era el cielo ni rojas las hormigas,
Estoy tumbado al borde de tu claridad, en la suntuosidad de una batalla donde ninguno es vencedor, y hasta el olor del cuarto, donde rugen, insomnes, tu apetito y mi sed, florece sin saberlo, como un musgo surgido de mi humedad tan tuya, de un sendero que nos conduce hasta ese mar sin olas, la tierra azul donde se desordena el centro mismo de nuestro candor, la espuma en que consiste toda esta explosión, y, al fondo, la lluvia que golpea las ventanas, la lluvia siempre otra, insobornable, con sus lentas espinas.
Hoy me he levantado gobernado por el ácrata que llevo dentro y me trae todo al pairo. Que hay que podar unos setos, que los pode Rita. Que un paseante se pierde por el Jardín, ya se encontrará. Que oiga mire que a mi me gusta más cuando pone poesías, pues cómprese un libro y no maree, no le hable usted en ese tono a mi mujer, usted cállese que además de no leer nada sólo entra al Jardín a ver las fotos de las tías.
Pues eso, que hoy esto está desgobernado y allá cada uno con lo que haga.
Hay días en los que me despierto convertida en agua: Toda húmeda, sin fondo, habitada por luces, tocándolo todo. Días en los que me siento océano bailando al compás del universo, haciéndome remolino, subiendo y bajando mis mareas... Entonces se me antojan tus manos, azules cuencos infinitos, como único recipiente capaz de contenerme...
Una mujer al sol es todo mi deseo. Viene del mar, desnuda, con los brazos en cruz, y la flor de los labios abierta para el beso, en la piel, refulgente, el polen de la luz.
Una hermosa mujer, los senos en reposo y caliente de sol, nada más se precisa. El vientre terso, el pelo húmedo, y una sonrisa en la flor de los labios abierta para el gozo.
Una mujer al sol sobre quien yo me arroje y a quien beba y me muerda y con quien me lamente y que al someterse se enfurezca y solloce, e intente rechazarme y que al sentirme ausente, me busque nuevamente y se quede a dormir cuando yo, apaciguado, me disponga a partir.
Lo que siento por ti es tan difícil. No es de rosas abriéndose en el aire, es de rosas abriéndose en el agua.
Lo que siento por ti,
esto que rueda o se quiebra con tantos gestos tuyos o que con tus palabras despedazas y que luego incorporas en un gesto y me invade en las horas amarillas y me deja una dulce sed doblada.
Lo que siento por ti, tan doloroso como pobre luz de las estrellas que llega dolorida y fatigada.
Lo que siento por ti, y que sin embargo anda tanto que a veces no te llega.
Nada me anunció; fue conmigo al hallazgo lúcido de las cosas. Y en la primera oscuridad madura, hermanos ya nuestros cabellos, me reveló su figura; el cuerpo perfecto de tácita forma. Por ello amo la noche, cima donde se me da su gracia. Ni desnudez ni ropaje. El llega a las cuevas de mi corazón alargando las galerías redondas de mis ojos. Yo le penetro como espada suya a cambio de la claridad con que él me traspasa.
Llevo acostada largo tiempo en la orilla. Mis pechos son colinas cubiertas de hoja seca. Levanto la cabeza y me contemplo: en mis muslos el vello a punto de ser vello, me incorporo: la hierba a punto de ser hierba, doy un paso y despierto al agua a punto de ser agua, se asusta un ave negra a punto de ser ave a punto de ser negra... Un resplandor me ciega: el bosque me contempla, a punto de ser bosque, a punto de ser tuya.
Mientras tanto, el pueblo del otro lado de la barricada se entregaba cada vez con más descaro a la inquietante borrachera de sentimientos ocasionada por la aparición de Grenouille. Los que al principio sólo habían experimentado compasión y ternura al verle, estaban ahora invadidos por un deseo sin límites, los que habían empezado admirando y deseando, se encontraban ahora en pleno éxtasis. Todos consideraban al hombre de la levita azul el ser más hermoso, atractivo y perfecto que podían imaginar: a las monjas les parecía el Salvador en persona; a los seguidores de Satanás, el deslumbrante Señor de las Tinieblas; a los cultos, el Ser Supremo; a la doncella, un príncipe de cuento de hadas; a los hombres, una imagen ideal de sí mismos. Y todos se sentían reconocidos y cautivados por él en su lugar más sensible; había acertado su centro erótico. Era como si aquel hombre poseyera diez mil manos invisibles y hubiera posado cada una de ellas en el sexo de las diez mil personas que le rodeaban y se lo estuviera acariciando exactamente del modo que cada uno de ellos, hombre o mujer, deseaba con mayor fuerza en sus fantasías más íntimas.
Rubios, pulidos senos de Amaranta, por una lengua de lebrel limados. Pórticos de limones desviados por el canal que asciende a tu garganta. Rojo, un puente de rizos se adelanta e incendia tus marfiles ondulados. Muerde, heridor, tus dientes desangrados, y corvo, en vilo, al viento te levanta. La soledad, dormida en la espesura, calza su pie de céfiro y desciende del olmo alto al mar de la llanura. Su cuerpo en sombra, oscuro, se le enciende, y gladiadora, como un ascua impura, entre Amaranta y su amador se tiende.