31 enero 2007

"El amor es una compañía" (Fernando Pessoa).


El amor es una compañía, ya no sé andar solo por los caminos,
porque ya no puedo andar solo.
Un pensamiento visible me hace andar más a prisa y ver menos,
y al mismo tiempo gustar de ir viendo todo.
Aun la ausencia de ella es una cosa que está conmigo,
y yo gusto tanto de ella que no sé cómo desearla.
Si no la veo, la imagino y soy fuerte como los arboles altos,
pero si la veo tiemblo, no sé qué se ha hecho de lo que siento en ausencia de ella.
Todo yo soy cualquier fuerza que me abandona.
Toda la realidad me mira como un girasol con la cara de ella en el medio.

30 enero 2007

Fragmento de “La casa de las bellas durmientes” (Yasunari Kawabata).

Esta parte de "La casa de las bellas durmientes" la ha traído Virginia hasta la puerta del Jardín para que yo la plantara.

29 enero 2007

Fragmento de "Delta de Venus" (Anaïs Nin).



Sus caricias poseían una extraña cualidad. Unas veces eran suaves y evanescentes, otras, fieras, como las caricias que Elena había esperado cuando sus ojos se fijaron en ella; caricias de animal salvaje. Había algo de animal en sus manos, que recorrían todos los rincones de su cuerpo, y que tomaron su sexo y su cabello a la vez, como si quisieran arrancárselos, como si cogieran tierra y hierba al mismo tiempo.

Cuando cerraba los ojos sentía que él tenía muchas manos que la tocaban por todas partes, muchas bocas tan suaves que apenas la rozaban, dientes agudos como los de un lobo que su hundían en sus partes más carnosas. Él, desnudo, yacía cuan largo era sobre ella, que gozaba al sentir su peso, al verse aplastada bajo su cuerpo.

Deseaba que se quedara soldado a su cuerpo, desde la boca hasta los pies.

26 enero 2007

Fragmento de "Drácula" (Bram Stoker).



La hermosa joven se arrodilló y se inclinó sobre mí, con maligna satisfacción. Había en ella una voluptuosidad deliberada que era a la vez excitante y repulsiva, y al arquear el cuello llegó a lamerse los labios como un animal, hasta que pude ver a la luz de la luna la humedad que brillaba en los labios escarlatas y en la roja lengua con la que se lamía los dientes rojos y aguzados.
Su cabeza descendía cada vez más... cerré los ojos en éxtasis y esperé.

25 enero 2007

Fragmento de "El jinete polaco" (Antonio Muñoz Molina).



Le ofreció el cigarrillo –era tan pulcro que también se había preocupado de traer un cenicero- pero no se quedó sentado junto a ella, se atravesó sobre la cama, le separó un poco más las piernas acariciando sus tobillos y los dedos de sus pies, le besó las rodillas y el interior suave de los muslos y fue subiendo despacio, dejándole en la piel un rastro de saliva, le apartó el vello, cuidadosamente, con determinación y lentitud, y entonces empezó a besarla exactamente igual que si besara su boca, hundiéndole la lengua, moviéndola en ondulaciones circulares, arriba y abajo, respiraba por la nariz, retrocedía para recobrar el aliento o quitarse un pelo de los labios y la miraba sonriendo, con la cara entusiasta y mojada, la veía fumar entornando los ojos, la horadaba, la olía, su carne rosa se dilataba y contraía como un corazón, cerró los ojos y respiró ella también con la boca abierta y el cigarrillo se le desprendió de los dedos, y mientras las manos de él subían para cerrarse alrededor de sus pechos las suyas descendieron y le acariciaron el desorden del pelo, la frente, las aletas trémulas de la nariz, buscaron su lengua y las comisuras de la boca y casi no podían distinguirlas del vientre y del vello empapado en el que se sumergían a un ritmo cada vez más sofocado y veloz, se abrió ella misma más aún, hasta sentir dolor en las junturas de los huesos, más allá del ofrecimiento y la vergüenza, sin saber a quién de los dos pertenecían los labios que estaba acariciando, la respiración y las palabras que escuchaba, la gradual ebriedad que los arrebataba y los hacía aplastarse el uno contra el otro como para no perder un asidero en el delirio, los sudores y secreciones y olores que envolvían y lubricaban sus miembros igualándolos en un desfallecimiento fervoroso y común.

24 enero 2007

Fragmento de "El Libro de la risa y el olvido" (Milan Kundera).



La borró de la fotografía de su vida no porque no la hubiese amado, sino, precisamente, porque la quiso. La borró junto con el amor que sintió por ella. La gente grita que quiere crear un futuro mejor, pero eso no es verdad, el futuro es un vacío indiferente que no le interesa a nadie, mientras que el pasado está lleno de vida y su rostro nos excita, nos irrita, nos ofende y por eso queremos destruirlo o retocarlo. Los hombres quieren ser dueños del futuro sólo para poder cambiar el pasado. Luchan por entrar al laboratorio en el que se retocan las fotografías y se rescriben las biografías y la historia.

23 enero 2007

Fragmento de "Las intermitencias de la muerte" (José Saramago).


Entraron en el dormitorio, se desnudaron, y lo que estaba escrito que sucedería sucedió por fin, y otra vez, y otra aún. Él se durmió, ella no. Entonces ella, la muerte, se levantó, abrió el bolso que había dejado en la sala y sacó la carta color violeta. Miró alrededor como si buscara un lugar donde poder dejarla, sobre el piano, sujeta entre las cuerdas del violonchelo o quizás en el propio dormitorio, debajo de la almohada en que la cabeza del hombre descansaba. No lo hizo. Fue a la cocina, encendió una cerilla, una humilde cerilla, ella que podría deshacer el papel con una mirada, reducirlo a un impalpable polvo, ella que podría pegarle fuego sólo con el contacto de los dedos, y era una simple cerilla, una cerilla común, la cerilla de todos los días, la que hacía arder la carta de la muerte, esa que sólo la muerte podía destruir. No quedaron cenizas. La muerte volvió a la cama, se abrazó al hombre, y, sin comprender lo que le estaba sucediendo, ella que nunca dormía, sintió que el sueño le bajaba suavemente los párpados.

Al día siguiente no murió nadie.

22 enero 2007

Fragmento de "Parerga y Paralipómena" (Arthur Schopenhauer).


Querer es esencialmente sufrir, y como vivir es querer, toda vida es por esencia dolor. Cuanto más elevado es el ser, más sufre... La vida del hombre no es más que una lucha por la existencia, con la certidumbre de resultar vencido. La vida es una cacería incesante, donde los seres, unas veces cazadores y otras cazados, se disputan las piltrafas de una horrible presa. Es una historia natural del dolor, que se resume así: querer sin motivo, sufrir siempre, luchar de continuo, y después morir...
Y así sucesivamente por los siglos, de los siglos hasta que nuestro planeta se haga trizas.

20 enero 2007

Frío.

Según los meteorólogos, a partir de este fin de semana comienza lo que debió comenzar el 21 de diciembre, es decir, el invierno. Se acabaron las temperaturas benignas que nos han acompañado.

En el Jardín velamos por todos sus visitantes, así que tomaremos medidas al respecto e incrementaremos la temperatura ambiental para que los paseos sean más agradables.

Saludos, cálidos hoy, desde el Jardín.


19 enero 2007

Fragmento de "La pasión turca" (Antonio Gala).



Yamam me tomó con delicadeza la cara, desde atrás, y me la levantó para que mirara el mosaico. Todo mi cuerpo estaba concentrado en el tacto de aquellos dedos, hasta que sentí que su cuerpo se apretaba contra mí todo él, de arriba abajo. Yo retrocedí –retrocedió mi cuerpo- oprimiendo el suyo contra la pared. El resto del grupo seguía con la cabeza alzada contemplando los mosaicos. Su pecho contra mi espalda, su calor contra mi calor, una presión sin nombre a la altura de mis nalgas... Me mordió la nuca, y yo, obediente al silencioso mandato, deslicé mi mano hacia atrás y acaricié su miembro endurecido. Me sobrevino un gozoso desmayo, que dejó en mis ingles una huella mojada. Vacilé, estaba a punto de caer con los ojos cerrados. Su fuerza me sostuvo por la cintura, mientras sus pulgares endurecían mis pechos.
No dijimos ni una sola palabra.

18 enero 2007

Fragmento de "La almendra" (Nedjma).


Me desnudó con gestos lentos y delicados, como se desprende una almendra verde de su tierna piel. En la neblina que saturaba el cuarto de baño, apenas distinguía sus rasgos. Sólo sus ojos me taladraban, horadando mi corazón y mi vagina, dueños de mi destino. Me dije que era una puta, pero sabía que no lo era. O a lo sumo como lo eran las diosas paganas de Imchouk, libres y fatales, locas de atar.

Me enjabonó la espalda y la zona lumbar, cubrió de espuma mi pubis. El vello hurtaba mi intimidad a su mirada, pero sus dedos se apresuraron a deslizarse bajo las bragas y a separar mis pétalos, dejando al descubierto el clítoris, duro como un garbanzo, que oprimió con gesto delicado y pensativo. Yo gemí y traté de librarme de las bragas, pero él me lo impidió. Me dio la vuelta, abrazó mis muslos y me hizo arquear la espalda. Ya está, me dije, eres su juguete, su objeto. Ahora puede arrancarte la lengua, reventarte el corazón o sentarte en el trono de la reina de Saba.

Tras bajarme las bragas, pegó la mejilla contra mis nalgas, abrió la raja con los dedos y paseó por ella la nariz. Yo me había vuelto líquida. Luego tomó un frasco de uno de los estantes, extrajo una gota de aceite y me perfumó el ano con él, masajeándolo largamente, hasta el punto de que olvidé mis temores, y mis músculos se iban distendiendo a medida que se precisaba el asalto de sus sabios dedos. No sabía qué quería hacerme, pero deseaba que lo hiciera. Sobre todo que no detuviese el enloquecedor movimiento circular que me abría a él, mientras mi vagina vertía su júbilo en forma de largos filamentos translúcidos.

17 enero 2007

Fragmento de "Las edades de Lulú" (Almudena Grandes).


Me pedía constantemente que abriera los ojos y que le mirara, pero yo no podía hacerlo, sobre todo cuando mi sexo comenzaba a hincharse, a engordar ostentosamente, y me imponía la estúpida obligación de estar a solas, sola con él, para poder advertir plenamente su grotesca metamorfosis, de todas maneras lo intentaba, intentaba mirarle, y abría los ojos, y le encontraba allí, la cara colgando sobre la mía, la boca entreabierta, y veía mi cuerpo, mis pezones erguidos, largos, y mi vientre que temblaba, y el suyo, veía cómo se movía su polla, cómo se ocultaba y reaparecía constantemente más allá de mis pocos pelos supervivientes, pero el mero hecho de ver, de mirar lo que estaba sucediendo, aceleraba las exigencias de mi sexo, que me obligaba otra vez a cerrar los ojos, y entonces volvía a escuchar su voz, mírame, y si me obstinaba en mi soledad, notaba también sus acometidas, mucho más violentas de repente, nuevamente hirientes, por no abrir los ojos, dejaba caer sobre mí todo el peso de su cuerpo, resucitando el dolor, moviéndose deprisa, y bruscamente, hasta que le obedecía, y abría los ojos, y todo volvía a ser húmedo, fluido, y mi sexo respondía, se abría y se cerraba, se deshacía, yo me deshacía, me iba, sentía que me iba, y dejaba caer los párpados inconscientemente, para volver a empezar.

Hasta que una vez me permitió mantener los ojos cerrados y me corrí, mis piernas se hicieron infinitas, mi cabeza se volvió pesada, me escuché a mí misma, lejana, pronunciar palabras inconexas que no sería después capaz de recordar, y todo mi cuerpo se redujo a un nervio, un solo nervio tenso pero flexible, como una cuerda de guitarra, que me atravesaba desde la nuca hasta el vientre, un nervio que temblaba y se retorcía, absorbiéndolo todo en sí mismo.

16 enero 2007

Fragmentos de "El coleccionista de ombligos" (Vicente Muñoz Puelles).





Por la noche había hecho un calor horrible, que nuestros ardores no habían atenuado. Casi no podía asir su cuerpo húmedo, resbaladizo, y a ella le ocurría lo mismo con el mío. Habíamos desconectado el gran ventilador que se cierne como un antiguo instrumento de tortura sobre mi cama, porque hacía demasiado ruido y además temíamos enfriarnos.

***

Así pues, nos movíamos despacio, casi a cámara lenta, como esos púgiles que entablan una danza sigilosa antes de entrar en combate. Evitábamos los besos, aunque a ratos yo le lamía el sudor de los párpados y el embriagador licor de mandarinas que había escanciado con cuidado en el pequeño cuenco de su ombligo. Nos acariciábamos sólo entre las piernas, para no acalorarnos más aún, hasta que por fin ella tiraba de mi tenso manubrio y con infinitas precauciones nos tratábamos íntimamente.

Ni siquiera entonces hacíamos uso inmediato de los movimientos pélvicos convencionales. Permanecíamos mirándonos a los ojos, como esos amantes orientales que retrasan el orgasmo cuanto pueden, hasta que el deseo empezaba a desbordarse, imperioso, y nuestros vientres se juntaban e iniciaban un vaivén placentero.
Al abandonar su umbrío túnel, con los últimos temblores de la excitación, mi congestionado báculo producía un chasquido como el del metal que se enfría. Varias veces, en el transcurso del lance amoroso, tuvimos que interrumpirnos para secarnos con las toallas o para refrescarnos bajo la ducha, antes de seguir ofrendando al insaciable Eros.


15 enero 2007

Fragmento de "Eva Luna" (Isabel Allende).



El placer me erizó la piel y me endureció los senos.
Caí en cuenta que nunca había estado tan cerca de nadie y que llevaba siglos sin recibir una caricia. Tomé su cara, me aproximé con lentitud y lo besé en los labios largamente, aprendiendo la forma extraña de su boca, mientras un calor brutal me encendía los huesos, me estremecía el vientre.
Tal vez por un instante él luchó contra sus propios deseos, pero de inmediato se abandonó para seguirme en el juego y explorarme también, hasta que la tensión fue insoportable y nos apartamos para tomar aire.

-Nadie me había besado en la boca, murmuró él.
-Tampoco a mí.

Y lo tomé de la mano para conducirlo al dormitorio.

13 enero 2007

El agua.

Hoy más de lo habitual, y concidiendo con Alba y Álvaro, me gusta el agua.
(Y envidio la que te rodea y llena...).

12 enero 2007

Fragmento de "El sabor" (Felipe Benítez Reyes).



En sus idas y venidas por el mundo, que fueron sinuosas, conoció Asrum a muchas mujeres, algunas de ellas muy bellas, y casi todas le gustaron, y a varias de ellas llegó a amar, pues resultaron tener espíritus serenos y benévolos, pero ninguna le dispensó el sabor de la breva, y él mantenía la superstición de que su felicidad se cifraba en el hecho de encontrar a una mujer que pudiera regalarle cada noche el placer de devorar una fruta carnal y caldosa, pues había ascendido a rango de precepto, según ha quedado ya dicho, la enseñanza del mago de Catay: la ventura de la vida de un hombre depende de un sabor, y él pretendía llevar una vida venturosa, y necesitaba, por tanto, lamer en lo dulce.

11 enero 2007

Fragmento de "Afrodita" (Isabel Allende).



Bajo el mantel, las rodillas se rozan por azar y ese contacto, casi imperceptible, los golpea como una corriente poderosa; una llamarada iracunda sube por los muslos y enciende los vientres. Nada cambia en sus posturas, pero el deseo es tan intenso, que puede verse, palparse, como una niebla caliente borrando los contornos del mundo circundante.

Sólo ellos existen.

El mesonero se acerca para escanciar más vino, pero no lo ven. Tiemblan. Ella levanta el tenedor, abre los labios y desde el otro lado de la mesa él adivina el sabor de su saliva y la tibieza de su aliento, siente la lengua de ella moviéndose en su propia boca como un molusco sofocante y terrible. Se le escapa un gemido que, de inmediato, disimula tosiendo con discreción y llevándose la servilleta a la cara.

Ella tiene la vista fija en la última ostra del plato de su compañero, una vulva hinchada, palpitante, indecente, mojada de leche oceánica, síntesis de su propio desvarío. Nada revela la turbación de ambos. En silencio cumplen con decoro, paso a paso, los ritos precisos de la etiqueta; pero no oyen las notas del pianista animando la noche desde un rincón del salón palaciego, los aturde el estrepitoso huracán del deseo en sus pechos.

Fuerzas primitivas se han desencadenado: tambores y jadeos de guerra, un soplo de selva, de humus, de nardos podridos insinuándose a través del aroma delicado de la comida y el perfume femenino; imágenes de carne desnuda, de abrazos crueles, de lanzas inflamadas y flores carnívoras. Sin tocarse, el hombre y la mujer perciben el olor y el calor del otro, las formas secretas de sus cuerpos en el acto de la entrega y del placer, las texturas de la piel y el cabello aún desconocidas; imaginan caricias nuevas, jamás antes experimentadas por nadie, caricias íntimas y atrevidas que inventarán sólo para ellos.

Para mirar... (y escuchar).


10 enero 2007

Fragmento de "Temblor" (Rosa Montero).




Era un día muy caluroso, una avanzadilla del verano. Algodón y yo estábamos en la cama, encima de las sábanas. Acabábamos de hacer el amor y él dormitaba. Estaba a mi lado, despidiendo su tibieza de animal conocido. El sol entraba por la ventana. Como ahora. Yo contemplaba el dibujo de sus rayos en el muro y percibí, súbitamente, la perfecta geometría de esas líneas. Miré a mi alrededor: todo en la habitación había adquirido una definición extraordinaria. La cama, las arrugas de las sábanas, el ángulo de la pared, la piel sudada de Algodón, el exacto contorno de mis manos: todo era sustancial, eterno, necesario. Todo parecía estar cargado de existencia. Como si, por unos instantes, hubiera atinado a ver el oculto diseño de las cosas. Y pensé: este momento pasará, y pasarán los años, y un día moriré. Pero sabía que ese recuerdo me iba a acompañar hasta el fin de mi tiempo. Que cuando mis días se acabaran añoraría ese instante.

Como ciertamente ha sucedido.

09 enero 2007

"Del tacto" (Josefa Parra).



Acércate despacio a mis dominios;
que tus dedos tanteen el espacio
ciegamente, la oscuridad que envuelve
mi cuerpo; que construyan un camino
y lleguen hasta mí a través del velo
espeso y taciturno de las sombras.

Sálvame con la luz que hay en tus dedos
si me tocan, conjura la desidia,
enciéndeme o abrásame en el tacto
esplendoroso y claro de tus manos.
Como las mariposas de la noche,
hacia la llama iré que tú convocas,
que prefiero quemarme a estar a oscuras.

08 enero 2007

"Palabra muerta, palabra perdida" (Ángel González).



Mi memoria conserva apenas solo
el eco vacilante de su alta melodía:
lamento de metal, rumor de alambre,
voz de junco, también
latido, vena.
Recuerdo claramente su erre temblorosa,
su estremecida erre suspendida
sobre un abismo de silencio y ámbar,
desprendiéndose casi
de la música oscura que por detrás la asía,
defendiéndose apenas
del cálido misterio que la alzaba en el aire
creando un solo cuerpo de luz y de belleza.
Luminosa y precisa,
yo la sentía en mi ser profundamente,
sabía su sentido,
descifraba sin llanto su mensaje,
porque acaso ella fuese
-o sin acaso: cierto-
la única palabra irrefrenable
que mi sangre entendía y pronunciaba:
una palabra para estar seguro,
talismán infalible
significando aquello que nombraba.
Como un perfume que lo explica todo,
como una luz inesperada,
su presencia de viento y melodía
hería los sentidos, golpeaba
el corazón,
estremecía la carne
con el presentimiento verdadero
de la honda realidad que descubría.
Pronunciarla despacio equivalía
a ver, a amar, a acariciar un cuerpo,
a oler el mar, a oír la primavera,
a morder una fruta de piel dulce.
Todo ocurría así, hasta que un día
la dije bien, y no entendí su cántico.
La grité clara, la repetí dura,
y esperé ávidamente,
y percibí, lejano,
un eco inexplicable, infiel
reflejo
que en vez de iluminar, oscurecía,
que en vez de revelar, cubrió de tierra
la imprecisa nostalgia de su antiguo mensaje.
Cuando un nombre no nombra, y se vacía,
desvanece también, destruye, mata
la realidad que intenta su designio.

05 enero 2007

Fragmentos de “Palabra de diosa” (Carmen González Huguet).


El Jardín, como bien saben ya sus paseantes, es republicano. Pero en una noche como la de hoy tenemos plena confianza en las monarquías, sobre todo en las de oriente.
Así, si habéis sido buenos, que los Reyes de oriente os colmen de bienes. Si no lo habéis sido tanto... siempre os queda este Jardín.
Saludos.
P.S.: Para los curiosos, el jardinero ha sido bueno. Buenísimo incluso. ¿Verdad?.


I
Mi delicada flor se abre.
Tu luz penetra:
Gozo.

II
Soy la aguja,
tú el hilo:
Borda.

VII
Cada vez que camino,
mis caderas mecen
la cuna del mundo.

04 enero 2007

Fragmento de "Satisfaction" (Alina Reyes).


A cuatro patas, Babe se acercó al tragaluz. Debido a la humedad del jardín y a su sudor, el satén se le pegaba a sus carnes blancas, calientes, palpitantes, dotadas de propia vida, una vida animal, incontrolable y triunfante. El aire fresco era una bendición para sus nalgas, expuestas a la brisa. Un fuerte olor a tierra y a barro le subió hasta sus fosas nasales. Sobre sus ojos caían sus cabellos de rubia teñida. Al retirarlos, se embarró las mejillas con los dedos, que estaban manchados. Le entraron ganas de comerse la fragante hierba mojada que tenía a unos centímetros de la cara, y también la tierra. La tierra, enriquecida con todos los muertos que había absorbido, era buena y traía paz. Cualquier cuerpo habría tenido ganas de entrar en la tierra o de hacer que la tierra entrara en él.

03 enero 2007

Entre los tibios muslos te palpita... (Tomás Segovia).


Que si, que se que esto lo traje ya hace tiempo, pero es que me puede...


Entre los tibios muslos te palpita
un negro corazón febril y hendido
de remoto y sonámbulo latido
que entre oscuras raíces se suscita;

un corazón velludo que me invita,
más que el otro cordial y estremecido,
a entrar como en mi casa o en mi nido
hasta tocar el grito que te habita.

Cuando yaces desnuda toda, cuando
te abres de piernas ávida y temblando
y hasta tu fondo frente a mí te hiendes,

un corazón puedes abrir, y si entro
con la lengua en la entrada que me tiendes,
puedo besar tu corazón por dentro.

02 enero 2007

Fragmento de "La bella y la bestia" (Jeanne Marie Leprince de Beaumont).



Tres apacibles meses pasó la Bella en el castillo. Todas las tardes la Bestia la visitaba, y la entretenía y observaba mientras comía, con su conversación llena de buen sentido pero jamás de aquello que en el mundo llaman ingenio. Cada día la Bella encontraba en el monstruo nuevas bondades, y la costumbre de verlo la había habituado tanto a su fealdad, que lejos de temer del momento de su visita miraba con frecuencia el reloj para ver si eran las nueve, ya que la Bestia jamás dejaba de presentarse a esa hora.